El abordaje de casos clínicos desde las terapias contextuales

Por segundo año consecutivo vuelvo a coordinar junto a Miguel Angel López, compañero de Ruido y psicoterapias, un nuevo curso de verano de la Universidad Internacional de Andalucía: “El abordaje de casos clínicos desde las terapias contextuales”. El curso cuenta con el apoyo de la facultad de Psicología de la Universidad de Málaga y de la Sociedad Española para el Avance de la Psicología Clínica y de la Salud Siglo XXI y CEPSI Psicología.

Siguiendo en la línea de las terapias contextuales que ya abrimos el verano pasado, este año es nuestra intención darle un enfoque eminentemente aplicado, por lo que, además de hacer referencia a los últimos avances en estas terapias, se desgranarán diferentes casos clínicos, realizando su análisis funcional, analizando algunas interacciones reales paciente-terapeuta, así como las operaciones terapéuticas claves de cada caso.

Para tratar esos temas volvemos a contar con un grupo de docentes, investigadores y profesionales de la práctica clínica, referentes a nivel nacional en estas terapias y autores de algunos de los manuales más actualizados sobre el tema en castellano.

A continuación aparece la información clave del curso.

EL ABORDAJE DE CASOS CLÍNICOS DESDE LAS TERAPIAS CONTEXTUALES

Lugar: Universidad Internacional de Andalucía. Campus Antonio Machado de Baeza (Ciudad Patrimonio de la Humanidad)

Fechas: 28-31 agosto.

Duración: 30 horas.

Precio: 58 euros.

Objetivos

• Acercar a las personas asistentes las aplicaciones clínicas de las psicoterapias contextuales.
• Conocer desde un enfoque eminentemente práctico los últimos avances de las mismas.
• Estudiar las habilidades terapéuticas clave.
• Analizar a fondo el abordaje de distintos trastornos psicológicos y casos clínicos reales desde estas psicoterapias.

Contenidos

  • Procesos de aprendizaje que fundamentan las terapias contextuales. Luis Valero Aguayo.
  • Procesos de cambio contextuales: la relación terapéutica y ejercicios experienciales. Luis Valero Aguayo.
  • Los trastornos de personalidad desde las terapias contextuales. Francisco Martín Murcia.
  • La terapia de pareja desde las terapias contextuales: la IBCT. Jorge Barraca Mairal.
  • Los trastornos depresivos y de ansiedad desde las terapias contextuales. Miguel Ángel López Bermúdez
  • Habilidades terapéuticas. Rafael Ferro García.

Más información detallada sobre fechas, contenidos, profesorado, matrícula, posibilidad de becas de alojamiento, etc., en esta página.

Además, para cualquier duda o consulta sobre el curso, puedes ponerte en contacto conmigo en esta dirección: manolo.calvillo@gmail.com.

Lo que quiera que sea la normalidad.

Hace unos años ya, tuve la fortuna de toparme en internet con la película Mascaras. Detrás de ella un equipo intrépido liderado por Isabel y Iago que llevan la lente de un gran angular y las palabras de una certera pluma incrustados en los genes.  La conexión fue rápida y, aunque siempre mirando desde el lejano sur, desde el primer momento he tenido con ellos relatos comunes y  enfoques compartidos.

La solidez de una idea, para la que las prisas y los titulares nunca fueron sus objetivos, y el trabajo bien hecho, que desde el principio contó con la importancia de la lentitud como imprescindible y sabio aliado, han trasnformado años después a esta película en un proyecto que cada vez dará más que hablar. Un proyecto que, como buen hijo de galegos, tiene sueños de ultramar. Aquella película es hoy la Asociación Proxecto Máscaras, de la que tengo la suerte y el privilegio de formar parte del Consello Asesor, al lado de magníficas personas y estupendos profesionales.

Aquí os dejo mi conexión con el proxecto como parte de este equipo, en el que intentaré seguir aportando pequeños granitos y, sobre todo, donde pienso seguir aprendiendo y disfrutando.

Lo que quiera que sea la normalidad… Manuel Calvillo #ConselloAsesor

Psicólogo de profesión y aprendiz artesano de vocación. Mis primeros años como profesional los dediqué de lleno a trabajar como psicólogo clínico, siempre con un base en la psicología del aprendizaje y el análisis funcional de comportamiento humano. Me interesan más las funciones del comportamiento que sus causas y prefiero el contexto, los relatos y las biografías a la mente y a las etiquetas con las que tramposamente se explica lo que quiera que sea la normalidad… (seguir leyendo en la entrada original)

Vivir una buena vida

No dejan de sorprenderme algunos discursos pretenciosamente progresistas desde la pedagogía que parecen entender que los contenidos, y por tanto el necesario esfuerzo, son un obstáculo para la igualdad y para mejorar el futuro de nuestros hijos, para que puedan vivir una vida buena y feliz

Esta felicidad sin embargo, tal y como muchos nos la suelen vender, me suena más a adormidera, y termina dejándome cierto regusto a sospechoso individualismo. Una felicidad que depende, surge y se instala en nuestro interior (el cerebro, como no), desligada de estrucutras, justicia, sociedad, economía,…

Estoy mucho más cerca de una visión de la felicidad que tiene que ver con el esfuerzo, con los triunfos y las derrotas memorables que nos acontecen en un contexto que nos permite vivir una buena vida. Y estoy de acuerdo con la idea que Rosemarie Garland-Thomson tiene sobre lo que una “buena vida” debe incluir.

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“A good life is one in which a person has access to the resources, to the material goods, to the rights, to the privileges, even to the obligations that all citizens have in a society, so that they can fully participate in that society– socially, politically, interpersonally, culturally, aesthetically. And this is what gives all people the opportunity to craft through selfdetermination what we think of as a good life”.

Me sorprenden.

¿De verdad podemos desaprender? (II)

 

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Hablábamos hace unos días en este post sobre el desaprendizaje y recogíamos algunas citas que explicaban o resaltaban la importancia del mismo. Terminamos preguntándonos: ¿soporta el desaprendizaje un análisis conceptual y experimental un poco (solo un poco) más profundo y serio? Intentemos hoy dar algunas humildes respuestas.

  1. El término “desaprendizaje” es un producto de nuestro tiempo y sus modas, una idea que encaja muy bien en un contexto social, laboral o educativo, ya casi más gaseoso que líquido, en el que el cambio parece ser lo único permanente, en el que todo se modifica o se evapora constantemente.
  2. El desaprendizaje y su mundo forman parte del mismo campo semántico de términos como competencias liquidas, knowmads, entornos VUCA, del agilismo o de esa idea no tan nueva y tan cacareada por muchos innovadores y expertos en educación de que “estamos preparando a los estudiantes de hoy para trabajos que aún no se han inventado”, por lo que el aprendizaje tal y como se ha entendido hasta ahora debería cambiar, pasando así a un segundo plano aspectos como la memorización o los contenidos. Un escenario educativo y laboral donde parece más importante y vital la adaptabilidad que el conocimiento.
  3. Desde la psicología, ni conceptual ni científicamente este término se sostiene. Las personas no desaprendemos, las personas simplemente no dejamos de aprender. En este proceso habrá aprendizajes, que dejarán de ser funcionales, comportamientos que dejarán de sernos útiles porque el contexto en el que aparecen y las consecuencias que provoca en su entorno se modifican. En ese punto esas mismas conductas cambian su función, su utilidad, su relevancia o su significado. Es entonces el momento de  aprender nuevos repertorios o de afinar viejas conductas y enriquecerlas con nuevos matices. Hoy en día, en un contexto social y laboral mucho más cambiante, la rapidez a la hora de adaptar nuestro repertorio y actuar ante las nuevas demandas es más importante que en el “viejo” escenario, mucho mas estable y predecible. Nada más (y nada menos) que eso, pero nada de nuevos procesos de desaprendizaje.
  4. Parece por tanto que hablar de desaprender sería tan absurdo como hablar de desevolucionar. Filogenéticamente nuestra especie ha dejado de hacer muchas cosas que en otros momentos fueron vitales para su supervivencia: hemos perdido la capacidad prensil de los dedos de los pies, incluso algunos bebes nacen ya sin apéndice, o tal vez en futuras generaciones comience a desarrollarse de manera desproporcionada el dedo pulgar. Nada de esto significa que hemos desevolucionado. Significa que evolucionar consiste en  eso mismo. Desaprender, en definitiva, parece no ser más que una manera metafórica y atractiva de decir que es conveniente no dejar de adaptarnos y por tanto de aprender. Que tenemos que  ser sensibles a las claves contextuales cambiantes y ajustarnos a ellas, siendo esto importante tanto en el plano personal como en el laboral o el educativo. Más allá de esto, por más artículos que se hayan escrito sobre desaprendizaje, por mas expertos educativos, divulgadores científicos o eminentes profesores de escuelas de negocios que hablen de ello, no se está diciendo nada nuevo; si acaso se está generando mucho ruido (y pocas nueces) y confusión tal vez innecesaria.
  5. A nivel práctico este termino carece de utilidad, y bajo determinadas circunstancias pudiera ser contraproducente. Carece de utilidad en el sentido de que no es más que un termino descriptivo, que nada nuevo aporta ni a nivel conceptual ni práctico, y que ademas no tiene interés explicativo alguno. La explicación consistiría en la especificación de las variables de control, de las condiciones de las que depende ese desaprendizaje. En este caso no se  describen los factores que intervienen para que las personas tengamos dificultad en “darnos cuenta” que lo que antes funcionaba ya no nos funciona y que por tanto es conveniente actuar de nuevas maneras y aplicar nuevas estrategias. Le decimos a nuestras trabajadoras, alumnos o a las jóvenes que buscan empleo que una clave muy importante consiste en desaprender, pero no nos dicen qué podemos hacer como trabajadores, orientadoras, padres o maestras para hacer más probable que nuestros alumnos, orientados, o nosotros mismos, avancemos sustituyendo viejos repertorios por otros nuevos.
  6. “Casi nada de lo que nos enseñaron sirve para algo“  “desaprender lo sabido es ahora mucho más importante que aprender cosas”  (E. Punset) ¿Frase afortunada o elogio de la ignorancia? Conozco contextos educativos y grupos de alumnos y buscadores de empleo en los que predicar esto puede ser incluso un inconveniente para su educación, su aprendizaje o su desarrollo profesional. Se resaltan las ventajas y lo imprescindible que resultan las llamadas competencias de S.XXI (como el desaprendizaje, la creatividad o el pensamiento crítico) a la vez que se omite que a mayor conocimiento, mejor y más grande adaptabilidad, que a mayor conocimiento más creatividad, mejor pensamiento crítico y hasta, si diéramos por válida su existencia, que a mayor conocimiento, mayor y mejor desaprendizaje. Ignorar esto no sólo es hacerle un flaco favor a muchos jóvenes que preferirán discursos fáciles que pasen de puntillas por la importancia del esfuerzo, además es un relato elitista y que tiende a perpetuar y aumentar las diferencias sociales. Frente a estos relatos a medias que ignoran la importancia del conocimiento, la evidencia del Efecto Mateo.

Hasta aquí algunas ideas que me hacen pensar en el desaprendizaje más como una impostura que como un concepto serio y útil. Intentemos ahora dar un paso más y, reconociendo la importancia que tiene el aprendizaje continuo y el no quedarnos atascados en viejos patrones en un escenario tan cambiante como el actual, analicemos los factores de los que depende esta rigidez.  En otras palabras, además de buenos consejos y discursos motivacionales, ¿qué podemos hacer los/as orientadores, docentes, consultores, padres, y madres,…  para facilitar esta sensata flexibilidad?

Pero esto es ya otro cantar, y lo dejamos para el siguiente post.

No somos nuestro cerebro.

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No, por mas que lo diga El Pais, no somos nuestro cerebro.

Si quieren hacer de nosotros ciudadanos cultos, sensibles, con empatía, madres y padres sensatamente imperfectos o adolescentes responsables, más valdría que nos educaran con buenas colecciones de historia,  de música, filosofía, antropología, de biografías memorables o de buena psicología.

Ni la pasión ni el el amor está en nuestros corazones, ni la empatía en las neuronas espejo, ni la moralidad en la oxitocina.

Ya sé que es gratuito y osado hablar sin haberlos leído, pero es que estas colecciones de divulgación que relacionan cerebro y psicología (comportamiento, toma de decisiones, educación, vivir al fin y al cabo) visto lo visto, son para echarse a temblar.

 

¿De verdad podemos desaprender? (I)

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Hablábamos hace unos meses en otro post de cómo ha triunfado un tipo de lenguaje “cool” en el entorno de la educación, el coaching, la orientación o de los recursos humanos y cómo, más allá de los ámbitos profesionales donde se generó, se ha extendido al lenguaje común de la vida cotidiana y se ha transformado en un producto de consumo en sí mismo.

Me estoy refiriendo a términos como estilos de aprendizaje, inteligencia emocional, aprender a aprender o desaprendizaje, entre otros conceptos tan nombrados como infecundos y muy utilizados desde disciplinas como el coaching, las pedagogías innovadoras o la neuroeducación.

No es ésta una cuestión baladí por cuanto este nuevo lenguaje configura una manera  de pensar(nos) y de valorar cuestiones claves del mundo educativo, de la formación o de la orientación y el empleo, y por tanto supone un posicionamiento y una manera de actuar como profesionales y como actores de estos ámbitos.

Quisiera detenerme hoy en uno de estos términos que siempre me ha llamado la atención: desaprender. Un millón doscientos veinte mil resultados me devuelve google en 0,58 segundos si tecleo “desapender”  (eso sí, 4 resultados si lo tecleamos en la búsqueda general de catálogo de la biblioteca de la Universidad de Granada, o 266 en la de la Complutense de Madrid). Una palabra de éxito sin duda, con gran aceptación y uso entre psicólogos, expertos en neuro-nonsense, coaches, consultores, expertos en educación o gurús de los recursos humanos.

Pero, ¿qué hay realmente detrás del término “desaprendizaje”? No nos dejemos deslumbrar por la seducción de las palabras y analicemos hasta qué punto lo que quiera que sea desaprender  aporta realmente algo nuevo a lo que ya se conocía sobre el aprendizaje y hasta dónde implica alguna nueva metodología o ventaja innovadora para las profesionales que enseñan, orientan y apoyan, o para aquellos que buscan formarse, y avanzar profesional y personalmente o encontrar y mantener un empleo.

Veamos primero  algunas afirmaciones y explicaciones sobre el desaprendizaje y su importancia en el mundo actual. En absoluto se pretende hacer un análisis exahustivo del término, tan solo tomar breves recortes de entrevistas o entradas de blogs y artículos que fácilmente se pueden encontrar en páginas webs de entidades privadas y públicas, de medios de comunicación o de profesionales y expertos varios. Aquí van:

“En la era del conocimiento ya nos es suficiente con aprender a aprender. Se hace imprescindible desaprender para dar cabida a nuevos procesos mentales, a nuevas destrezas, a nuevos retos. Sólo desaprendiendo serás capaz de ver la forma que tienes de enseñar desde otra perspectiva, una perspectiva alejada de prejuicios y viejos clichés” (entrada completa).

“Desde la Neurociencia aplicada a la Educación se establecen varias fases de desaprendizaje que recoge la coach Fabiana Andrea Mendez en la web argentina Encontradores. (…) La necesidad de desaprender va más allá del ámbito laboral y de la creatividad: en un mundo que cada vez camina más rápido, todas las estructuras, incluidas las mentales, están en pleno cambio y adaptarnos requiere que también lo hagamos a nivel personal. No solo ha cambiado la forma de trabajar, también lo ha hecho la manera de relacionarse con otros y la concepción del mundo en general. Para adaptarse a los cambios, sean laborales o personales, es preciso, por tanto, que las personas aprendan a desaprender” (entrada completa).

“A mi entender, desaprender debe llevar implícitos en su definición los conceptos de crecimiento, apertura de mente, enriquecimiento, inconformismo, creatividad…” (entrada completa)

Aunque, probablemente, entre las ideas sobre el aprendizaje que más difusión han conseguido destacan estas dos:

 “(…) casi nada de lo que nos enseñaron sirve para algo“  “Desaprender lo sabido es ahora mucho más importante que aprender cosas” (De Eduardo Punset, leído aquí)

“Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer ni escribir, sino aquellos que no puedan aprender, desaprender y reaprender” (Se trata de una frase que, aunque comúnmente es atribuida al periodista y escritor estadounidense Alvin Toffler, es una idea original del psicólogo Herbert Gerjuoy)

¿Cómo rechazar un término tan sugerente y unido a conceptos como crecimiento, apertura de mente, enriquecimiento, inconformismo, creatividad,…? Sin embargo,  más  allá de su validez como metáfora, ¿soporta el desaprendizaje un análisis conceptual y experimental un poco (solo un poco) más profundo y serio?

De ello hablaremos en el siguiente post.

 

La imagen es un detalle de “La escuela de Atenas”, de Rafael. Uno de los fresco de las estancias de Rafael, ubicadas en el Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano.

Ensimismados.

 

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A veces la belleza nos pisa los talones, y nosotros, ensimismados,  no nos dejamos atrapar. Podemos observarlo paseando por algunas ciudades, ante el horizonte de la Alhambra o a la sombra del Coliseo, entre las callejuelas del Albayzín o las del Trastévere.

La relación entre el paisaje y la mirada del visitante transforma a veces los lugares en no lugares, los espacios relacionales y los lugares practicados en conquistas para Instagram sin mayor satisfacción ni expectativa que el numero de likes a conseguir.

Algunas ciudades, sus maravillosos barrios y monumentos, ya no son viajes en el tiempo, espacios existenciales de una experiencia de relación con el mundo y su historia. Ahora son escenarios para un selfie en el que la naturaleza del espectáculo no pareciera importar demasiado, donde el verdadero espectáculo fuese el propio individuo, espectador de sí mismo, creador y protagonista de su propia escena.

Y así pasan estos monumentos de lugares a no lugares, de espacios de conocimiento a espacios de reconocimiento de un yo arrogante, encantado de (re)conocerse a sí mismo, y tal vez tan ignorante como antes de comenzar el no-viaje.