Aristóteles para coaches.

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Siendo uno de los principales papeles del coach el de “facilitador que ayuda a encontrar respuestas y liberar el potencial que las personas llevan, aveces sin saberlo, en su interior”. Y siendo este discurso de las potencialidades, de las capacidades y el dentro/fuera un relato muy extendido y entendido de manera literal, convendría releer y recordar de cuando en cuando estas cosas.

Coaching y Aristóteles

Nota: El texto es parte de la ponencia del profesor Marino Pérez Álvarez en las V Jornada Psicología y Coaching.

 

 

Sobre orientación y consultoría.

El pasado 27 de julio participé en la Jornadas de Empleo y Marca Personal que organizó la II Lanzadera de Empleo de Andújar. Aquí dejo algunas reflexiones al hilo de la pequeña charla que hice: “optimismo para cobardes: Instrucciones de uso para buscadores de empleo”

La orientación profesional y la consultoría son a veces ese terreno líquido e incierto en el que personas de ciencia hablan de empresa, exitosas emprendedoras de educación y desarrollo personal o managers y coachs de aprendizaje, de cambio, motivación, felicidad,…

Todo ello suele ofrecerse empaquetado en un discurso atractivo, con relatos bien contados y bien hechos (en el sentido de ser atractivos para una amplia mayoría), sin embargo muchos de ellos suelen ofrecer cómos y porqués bastante simples y reduccionistas, con explicaciones mecánicas y descontextualizadas alejadas de la compleja realidad y con un lenguaje que encaja muy bien con la manera común de entender el mundo y el comportamiento humano, que suele ser bastante dualista (mente-cuerpo), lineal y mecanicista (causa-efecto). Tal vez por ello y por esta cultura de la inmediatez, del todo a 100 y de lo fácil y rápido tienen tanto impacto muchos de estos mensajes ya no sólo en el ámbitos profesional de la empresa, la orientación o la consultoría, también en el lenguaje ordinario, en la manera de hablar -y por tanto de pensar, de relacionarnos o de actuar-  de la mayoría de los que estamos.

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No ha de extrañar por tanto que expresiones como resilencia, inteligencia emocional, empoderamiento, desaprendizaje, aprender a aprender, motivación, zona de confort, etc. sean de uso cotidiano más allá de los ámbitos en los que éstas se inventaron. Es el triunfo de un lenguaje, que es un producto de consumo en sí mismo y que llevará por tanto a buscar y demandar un tipo determinado de bienestar, de salud, de educación, de orientación, de formación de profesionales, de gestión de recursos humanos,…

Optimismo para cobardesss

No hablo aquí con ironía, crítica velada alguna o sugerencia oculta de conspiraciones extrañas de un tipo de profesionales o de poderosos lobbies del liberalismo o la “happiología”. La extensión de estos relatos a los distintos ámbitos públicos y privados de la sociedad ocurre principalmente de manera natural y orgánica porque funcionan en el contexto biográfico, verbal y social en el que estamos. Por tanto de manera espontánea y sin intención, muchos profesionales – muy bien reputados muchos de ellos- pudieran caer en una simple, pero a la vez atractiva, venta de humo, nada que debiera extrañarnos en una sociedad gaseosa como la que nos habita.

Optimismo para cobardess

Nada se debería reprochar por tanto a la mayoría (empleados, padres, buscadores de empleo,…) que acaban integrando estos conceptos en sus conversaciones cotidianas y su manera de actuar, trabajar y de explicar (o tal vez justificar, que es bien distinto) su propio comportamiento y el de los demás.  Sí deberíamos sin embargo exigir a docentes, formadores, consultores, profesionales de recursos humanos, coach, periodistas ,… una mejor especialización, mayor base científica y rigor conceptual a la hora de ejercer su trabajo, escribir o divulgar sobre estos temas. Deberían reconocer que más allá de su sentido metafórico, muchos de estos términos no tienen un referente independiente con una base científica rigurosa ni seria. Que el uso que se hace de muchos de estos “nuevos” términos, ofreciéndolos como factores determinantes y causales del comportamiento humano o las organizaciones, no son más que mera tautología, descripciones convertidas en explicaciones causales que nada explican. Que pueden ser conceptos vacíos, que poco o nada nuevo aportan (porque ya se sabe: “lo nuevo no siempre es bueno y lo bueno no siempre es nuevo”) o que incluso pueden llegar a tener efectos contrarios a los que se desean o se predican si no se tienen en cuenta algunas cuestiones de tipo conceptual y contextual importantes. Pero éstas son ya asunto del siguiente post.

La sofisticación del disparate.

BoscopiedraEsta mañana escuchaba en la radio hablar sobre los prometedores avances de la neurociencia para distinguir distintas enfermedades mentales  atendiendo a diferencias en las estructura y funcionamiento del cerebro. En este caso se hablaba de  psicópatas, de esquizofrenia y depresión, sin embargo esta misma búsqueda de la “Piedra Roseta” que nos permita explicar de manera simple y mecánica la jeroglífica complejidad del comportamiento humano se hace también para explicar las diferencias entre hombres-mujeres, blancos-negros, homosexuales-heterosexuales, optimistas-pesimistas, demócratas-republicanos,…

A pesar de lo espectacular y moderno -casi de ciencia ficción- que resulta el lenguaje y los relatos de los periodistas que preguntan y de la mayoría de profesionales (psicólogos, psiquiatras, neurocientíficos, expertos en educación,…) que son entrevistados, casi siempre me suenan a demasiado antiguo, a explicaciones en exceso simples, mecánicas e infantiles, vino viejo en odres nuevos. No son recientes los intentos de encontrar las respuestas en el análisis de los rostros o de la forma y el perímetro craneal para distinguir a las personas violentas, pruebas éstas que podían ser decisivas para declarar como culpable o inocente a los sospechosos de algún delito.

Ya en el S.XIX desde diciplinas como la craneología, la frenología, la fisiognomía o la criminología antropológica se afirmaba la posibilidad de identificar científicamente vínculos entre la naturaleza de un crimen y la personalidad o la apariencia física del criminal. También ha sido recurrente en la historia el intento de relacionar variables como racismocoeficiente intelectual con el adn o el tamaño o la estructura del cerebro. Ni qué decir tiene que la rotundidad con la que se hacían algunas de estas afirmaciones quedaron en poco más que nada, y que en algunas ocasiones respondían más a la ideología del momento o del estudioso de turno que a su honestidad científica o intelectual.

Estudios y explicaciones en apariencia más asepticos, objetivos y con toda la apariencia científica que aporta el lenguaje de lo cerebral y sus neuromitos, siguen divulgándose día a día en redes sociales y medios de información, desde los más serios y reputados a los más frikis y fantasiosos; extendiéndose así una explicación mecanicista y cerebrocéntrica -erronea en su mayoría, incompleta en el mejor de los casos- del comportamiento humano. Explicación ésta que impregna la manera entender y de trabajar de muchos profesionales de ámbitos tan importantes como la psicología, la psiquiatría, la educación, o los recursos humanos.

Todos estos nuevos estudios se han visto posibilitados y han tomado un gran impulso por el enorme avance en la tecnología que permite estudiar el cerebro con máquinas maravillosas y sin duda útiles, con software inteligente y algoritmos muy sofisticados. Sin embargo, sin una revisión profunda de nuestra manera de entender el comportamiento humano, sin un planteamiento previo desde la filosofía y la epistemología del comportamiento (también del comportamiento de los científicos) que nos permita hacer las preguntas correctas, el avance real que toda esta tecnología permitirá será inevitablemente más lento. Creo que, en más ocasiones de las deseables, esta gran sofistificación tecnológica está aportando “disparates” más sofisticados para dar respuesta a preguntas erróneas que nos dejarán en el mismo lugar de siempre.

 

Nota: La imagen superior es de el cuadro “Extracción de la piedra de la locura“, El Bosco, 1501-1505.

 

Cerebro, educación y prensa amarilla.

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Neuroeducación, una disciplina de todo a cien.

Pareciera que a veces los medios de comunicación serios no fuesen más que prensa amarilla cuando informan sobre noticias científicas, especialmente aquellas que tienen que ver con temas relacionados con la educación y la psicología. Me refiero a ejemplos como este, este, este o este.

En la mayoría de esos casos, a partir de estudios concretos de la fisiología y la estructura cerebral se habla con una seguridad pasmosa -poco propia de la prudencia que caracteriza a la ciencia- de infalibles conclusiones y consejos prácticos para padres, alumnado y docentes . A pesar de los problemas metodológicos y de diseño experimental , a pesar de los problemas de replicabilidad y de validez externa e interna que están demostrando tener muchos de estas investigaciones (por ejemplo aquí, aquí y aquí), y a pesar de los problemas epistemológicos de base que presentan (aquí o aquí), estos estudios tienen una gran difusión por parte de medios de comunicación globales de mucha influencia en nuestra sociedad. Al mismo tiempo estas noticias fortalecen neuromitos que suelen tener una gran aceptación y acogida entre la población general y entre padres, madres, psicólogos, educadores o maestros y otros profesionales que se dejan deslumbrar por la moda cool del cerebrocentrismo y que militan con entusiasmo en esa nueva ola, mas efectista que efectiva, empeñada en aplicar en las escuelas la neuroeducación, el coaching, el mindfullness, etc. tal y como lo cuentan en la prensa, confundiendo lo bueno con lo nuevo y la realidad con el deseo.

Al Cesar lo que es del Cesar.

No dudo de que muchos neurocientíficios sean magníficos profesionales, excelentes científicos y doctores llenos de buenas intenciones, y que realizan un trabajo importante. Pero creo que no pocas veces cuando hablan de educación se lían y  se precipitan cuando lanzan orientaciones prácticas y realizan algunas afirmaciones categóricas (a veces disparatadas y sin ningún apoyo en la evidencia) sobre cómo se debe enseñar en las escuelas. Los expertos en metodología y en educación son (o deberían ser) los profesores, y no los neurocientificos, ni los coach, ni los bioneuroeducadores, ni los expertos en mindfullness, en inteligencia emocional, ni los políticos, ni los oradores estrella,..

El cerebro no se emociona, ni recuerda, ni aprende, somos las personas las que lo hacemos. Claro, es necesario para ello una persona con un cerebro, pero también con unos sentidos, y una biografía y un contexto.

Esto no es negar la importancia y la necesidad de la neurociencia, es tan solo señalar que la educación, el aprendizaje, el comportamiento, las relaciones sociales, el arte, la creatividad,….. y la neurociencia implican niveles de estudio diferentes. No se invalidan por tanto una disciplina a la otra, simplemente están respondiendo a preguntas diferentes y los riesgos aparecen cuando se responde taxativamente desde la neurociencia a preguntas que deberían responder los profesionales de la enseñanza y el aprendizaje.

Que el cerebro humano no haya cambiado en los últimos 15000 años, como dice el Dr Francisco Mora, no quiere decir que no sean totalmente diferentes los niños del paleolítico a los del S.XXI. Posiblemente un neurocientífico al microscopio no sea capaz de distinguir el cerebro de un niño al de otro, ni sus imágenes en funcionamiento o su estructura, pero te aseguro que un buen profesor sí será capaz de diferenciarlos e incluso de adaptar con buen criterio su forma de enseñarles con dos métodos totalmente diferentes a pesar de que el cerebro sea exactamente el mismo.

De Mágico González a Bernini

Un nivel de conocimiento implica saber cómo funciona el cerebro humano, otro nivel diferente saber cómo aprendemos las personas. Se trata de dos conocimiento relacionados, pero requieren  análisis y respuestas desde campos verbales distintos. En última instancia, la física, la química y la biología están en la base de cualquier elemento de la naturaleza, de cualquier ser vivo o de cualquier comportamiento, sin embargo no podemos reducir, entender o explicar los cómo y los porqués de la música de Mozart, de los goles de Mágico Gonzalez, o del Rapto de Proserpina de Bernini tan solo en función de la ley de la gravedad, de las moléculas de carbono,  del adn o los circuitos neuronales de Mozart, de Mágico González o Bernini.

La neurociencia puede llegar a identificar inequívocamente cuánto tiempo y qué parte del cerebro se activa cuando un niño se emociona o atiende, pero esas imágenes no pueden explicar porqué el niño atiende o se emociona, ni la función o el significado de esa emoción o de un recuerdo para ese niño concreto. Esto requeriría un análisis contextual coherente que tenga en cuenta otras muchas variables y que ayude a darle sentido a esos datos neurológicos. Sin este análisis, leer las imágenes coloreadas del cerebro y derivar conclusiones tajantes para la educación puede ser poco más que leer los posos del café para interpretar la personalidad. Aconsejar, a partir de algunas observaciones realizdas en situaciones controladas, que las clases no deberían extenderse más allá de 10 minutos, no sólo refleja tener un gran desconocimiento de la educación y de lo que ocurre en  los salones de clase, sino que además es limitar las tremendas posibilidades de esos niños y sus cerebros.  Se puede ser un excelente neurocientífico y un pésimo profesor.

La necesaria paciencia de la ciencia y la medicalización de la educación.

No se trata de un enfrentamiento de una parte de la psicología-educación frente a la neuroeducación, hay reconocidos científicos del cerebro que se toman con mucha más parsimonia esto de sacar conclusiones precipitadas a la vida cotidiana y de hacer interpretaciones de sus hallazgos. Explica bien muchas de estas cosas la neurocientífica Molly Crockett en este TED.

Creo que se está “biologizando” y medicalizando demasiado la educación y el aprendizaje y creo que eso no es bueno. Creo que se trata de un reduccionismo mecanicista demasiado simple que no explica bien la complejidad multicausal del aprendizaje, del desarrollo y el comportamiento humano. Creo que los profes necesitamos una aproximación al tema menos cerebrocéntrica, basada en la evidencia y más humanista.


Nota: Si te interesa esto de la educación,  y el día 17 de marzo estás cerca de Bilbao, tal vez te resulte más útil acercarte a estas jornadas que muchos tratados sobre neuroeducación. Yo no me lo perdería, ¡mala suerte estar tan lejos!.

La felicidad perversa

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Dos figuras. Picasso, 1904

Cuanto daño esta haciendo esta idolatría a la felicidad, ese canto de sirenas tan fácil  de vender y que tan bien encaja con el lenguaje común y las metáforas de la vida cotidiana. Cuanto daño esta obsesión por tener que tener nuestras emociones bajo control para ser felices,  por tener que pensar bien para sentirnos bien y tener que sentirnos bien para ser felices, por  tener que proteger a nuestros hijos de cualquier sufrimiento psicológico para que sean felices,…

Se me antoja reciente esta falsa antropología que pone a la felicidad en el centro y a la vez en la razón de ser de lo humano. Pero no siempre lo nuevo es sinónimo de lo bueno. Necesitamos el llanto, necesitamos nuestras derrotas memorables y el dolor de los recuerdos que nos queman  para estar sanos, para vivir una vida plena, para ser lo que quiera que seamos.  ¿Cómo podemos extirpar todo esto a nuestro antojo sin dejar de ser quienes somos? ¿Cómo podemos ser felices si estamos luchando continuamente contra nosotros mismos? Es esa guerra civil contra uno mismo, ese dolor sucio que provoca esta lucha por ser feliz a costa de nuestra vida (de nuestra historia, de nuestra biografía) el que nos hace sentirnos miserables y acaba con nosotros;  no el dolor limpio y digno, ni las lágrimas, ni los recuerdos del vivir difícil que muchas veces nos toca.

 

 

– “¿Porqué lloras Solón?”, preguntaron unos desatinados a este sabio de Grecia. “¿Qué crees, que llorando lograrás resucitar a tu hijo muerto?”

– “Por eso lloro precisamente”, respondió éste mientras continuaba en sus lágrimas.

 

Por favor, déjennos sufrir tranquilos para poder vivir felices.

Enfermedad y sufrimiento, sobre los problemas psicológicos.

 

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Enfermedad y sufrimiento no son una misma cosa. Como tampoco lo son la enfermedad y las conductas “extrañas” o problemáticas de personas diagnosticas de TOC, esquizofrenia o TDAH.  Pareciera que desterrar de la biografía el sufrimiento, el llanto, la ansiedad, el insomnio, la depresión, las obsesiones o los problemas de atención y mandarlos al exilio de las hormonas y del cerebro nos liberara de la angustia añadida de no entender porqué nos ocurre lo que nos ocurre y a la vez nos situara en un escenario de comprensión por parte de los demás y de esperanza en soluciones que la terapia química habrá de traer. Al menos esta es la quimera a la que contribuye el  lenguaje común, la cultura, la información que de las enfermedades mentales se ofrece  desde los medios de comunicación y hasta el propio trabajo académico y profesional de una mayoría de psiquiatras y psicólogos.(…)

 

Continuar leyendo en “La tiranía de la normalidad

 

 

De éstas y otras cosas hablaremos en el Taller “Salud mental. Entendiendo los problemas psicológicos de la vida cotidiana“, que impartiré junto con Juan Luis Hueso este mes de Junio desde Ideas Poderosas dentro del Aula de la Experiencia de la Universidad Internacional de Andalucía. Información sobre fechas, contenidos e inscripciones en este enlace.

 

De la neuroeducación al “Síndrome de Poncio Pilatos”

Estamos terminando un curso para la capacitación como docentes dentro del sistema nacional de Formación Profesional para el Empleo. Hemos tenido la suerte de contar con un grupo de profesionales excelentes por su empatía y su manera de trabajar de manera colaborativa, por su inquietud y sus ganas de conocer y practicar con nuevas herramientas y nuevas formas de enseñar, por su implicación y por la calidad de los trabajos que han ido realizando a lo largo de 340 horas realmente intensas.

Hace algo más de una semana estuvimos hablando en clase sobre neuroeducación. Antes de comenzar a tratar sobre el tema pedí al grupo que investigaran de manera individual sobre ella, tratando de descubrir qué es y lo que creen que aporta dicha disciplina a la práctica de la docencia. Es decir, después de saber algo más sobre neuroeducación, ¿cómo y en qué cambiarían sus clases -su manera de trabajar ellos y sus futuros alumnos- en comparación con lo que ya sabían?

Después de buscar en internet toda una mañana, de ver vídeos y leer de manera crítica  la información encontrada, pusimos en común nuestros hallazgos y conclusiones. Aquí van algunas de las más destacadas:

Neuroburbuja. Se está inflando el uso de lo neuro. Se utiliza el apellido “neuro” en muchas más disciplinas de las que se podrían imaginar (neuroeducación, neurodliderazgo, neuroética, neuromárketing, neuroteología, neurocoaching,…). De alguna manera  esto les sonó poco serio.

El poder mágico del cerebro. Según se publicó hace unos años, parece ser que las fotos y las palabras relacionadas con el cerebro tienen un poder especial. Cuando el mismo artículo/producto se presenta acompañado con alguna imagen de un cerebro, el número de personas que están de acuerdo con ese artículo o que están dispuestas a comprar dicho producto es significativamente superior que si no aparece dicha imagen.

El fantasma en la máquina. Las imágenes coloreadas del cerebro funcionando no explican la decisión del consumidor, el aprendizaje de los alumnos, la motivación de un lider, o el comportamiento de un asesino en serie, tan solo son las imágenes del correlato fisiológico cerebral de una persona mientras actúa en un contexto determinado, pero no son la causa de dichos comportamientos.

¿Nada nuevo bajo el sol? En cuanto a las implicaciones que tiene la neuroeducación en la práctica docente parecen no ser nada revolucionarias ni un cambio disruptivo con las viejas buenas prácticas. Las estrategias didácticas que se plantean a la luz de los datos de neuroeducación son las mismas que un buen docente podría venir realizando desde muchas décadas atrás siguiendo las propuestas de la buena pedagogía y los principios del aprendizaje y el comportamiento.                                                 ¿De verdad un conocimiento profundo sobre neurología por parte de los docentes implica una ventaja real y un NUEVO conocimiento práctico sobre nuevas formas de enseñar? ¿Acaso conocer a fondo el funcionamiento de los microchips, su estructura física o incluso su composición química o molecular o conocer el código binario para la programación es clave para ser el mejor jugador del mundo o el mejor entrenador de “League of legends”?  

La neurología seria, sí. La pedagogía y la psicología seria, también. Todas estas dudas y críticas no son exclusivas de psicólogos o docentes antiguos y ciegos a los importantes avances de la neurología.  Reconocidos neurólogos llaman la atención también sobre el problema de los neuromitos, sobre la alegre y precipitada interpretación que se realiza de muchos avances y sobre el  uso que de ellos hacen  los medios de comunicación y desde distintos ámbitos profesionales.

Confundiendo churras con merinas. La neurología y la educación pueden ser dos niveles de análisis diferentes -con un referente verbal propio cada una- de una misma realidad, por tanto hay que ser especialmente cuidadosos a la hora de enlazarlos o de hablar de una disciplina desde el lenguaje de la otra. Sin duda los avances y el buen trabajo de la primera ayudan al avance de la segunda y viceversa. La interdisciplinariedad es muy importante, pero es un asunto serio que se ha de jugar en contextos determinados y bajo unas reglas muy concretas, fuera de ellas es fácil caer en territorio de charlatanes y pseuodociencias.

Verdades a medias. De cuando en cuando aparecen noticias atribuyendo propiedades especiales y causales sobre aspectos humanos y sociales a ciertas zonas del cerebro y a hormonas o neurotransmisores determinados.  Así se dice que la oxitocina es la hormona del amor, la dopamina la del placer y la serotonina la de la autoestima y la felicidad; por no hablar de la amigdala, del cerebro reptiliano como refugio y origen de la agresividad y la hostilidad, o de las neuronas espejo como lugar donde habita la empatía. En estos discursos suele haber de nuevo un error categorial. Sin duda estos neurotransmisores y circuitos cerebrales están implicados en esos comportamientos y emociones, pero ni las causan ni las contienen. Tampoco podríamos movernos sin piernas, pero de ahí a concluir que el movimiento está en ellas o que es causado por las piernas hay un salto epistemológico y un atrevimiento considerable. Por otra parte todas estas conclusiones son un cuadro incompleto, un buen ejemplo de las excesiva simplificación de los fascinantes y complejos descubrimientos en neurología que algunos realizan según los titulares que les interesa mostrar. Un ejemplo: es cierto que el aumento de  los  niveles de oxitocina en ratas  produce un mayor número de comportamientos que se podrían considerar equivalentes a la confianza, la empatía o la cooperación; sin embargo otros estudios igualmente válidos y replicados, han mostrado que aumentar la misma hormona también produce en los roedores conductas que podrían catalogarse como propias de la envidia, la presunción o la competitividad.

La coartada del cerebro. A pesar de los mensajes que se escuchan una y otra vez, el cerebro no aprende, el cerebro no nos engaña, el cerebro no decide, el cerebro no emprende, el cerebro no es infiel, el cerebro no es adicto, el cerebro no se emociona… Son las personas, con su biografía, su carga biológica y en un contexto físico y social concreto las que aprenden, se equivocan,  las que eligen, las que prestan atención o las que se emocionan… Flaco favor le hacemos a nuestro alumnado y a nosotros mismos si les despojamos de la responsabilidad ante su propio comportamiento. No deberíamos perder de vista que esas afirmaciones son una manera metafórica de hablar, más allá de ello suele haber mucho humo a la venta.

El sindrome de Poncio Pilatos. Esta confusión compartida de neurólogos jugando a ser expertos en educación y de educadores jugando a ser neurólogos está produciendo una suerte de medicalización del aprendizaje. Se les despoja en exceso a  padres, profesores y alumnos de la responsabilidad que tienen sobre el comportamiento, la educación y el aprendizaje de ellos mismos y sus hijos.  Esto promueve la extensión del “sindrome de Poncio Pilatos” entre docentes, progenitores y políticos, que se sacuden fácilmente su responsabilidad lavándose las manos ante los retos que plantea el aprendizaje y la crianza de niños y jóvenes. Pareciera que la educación y el fracaso escolar no fuesen sobre todo una cuestión de educación, de lenguaje, de esfuerzo, de pobreza o desigualdad, sino de alteraciones bioquímicas y estructuras cerebrales.

 


Nota: Estas fueron algunas de las ideas tras indagar y debatir en clase sobre neuroeducación. Al terminar su mini búsqueda, Cati, Rafa, Encarni, Jose, Cristina, Venancio y Miguel se propusieron crear una breve animación “artesanal” en un tono desenfadado para contar algunas de estas conclusiones e ideas a las que habíamos llegado.  El resultado son los dos vídeos que hemos utilizado en este post.

Su visión sobre neuroeducación puede ser atrevido, sus conocimientos sobre el cerebro limitado, pero, aunque algunos de ellos tienen los ojos claros ;-), no me cabe la menor duda de que tienen el interés, la visión y las competencias para ser unos excelentes docentes y contagiar su pasión por el conocimiento y la materia que cada uno/a de ellos/as habrá de impartir.

Enhorabuena por vuestro trabajo y gracias por vuestra implicación, por vuestra seriedad y vuestro buen humor a lo largo de estos meses.